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EL FARERO DEL FIN DEL MUNDO

Las torres que advertían de los peligros en el Estrecho de Magallanes son claves en la navegación austral. Este libro de Patricia Štambuk recopila las vivencias del farero José Rodríguez y, a partir de él, de quienes levantaron y mantuvieron encendidas esas luces esenciales. Este extracto trata del legendario faro Evangelistas.

El Evangelistas es el faro chileno que anuncia el turbulento abrazo entre el Océano Pacífico y el Estrecho de Magallanes, un hito entre los fanales del mundo. Fue una hazaña su construcción a fines del siglo XIX y sigue siendo un riesgo su abastecimiento. Quienes llegan a habitar esa solitaria e inhóspita roca desnuda, en medio de sus continuas tempestades, es gente de temple especial. Sus moradores de todos los tiempos le dicen ‘la piedra’.

Aun recurriendo a los mapas más modernos, los 4 islotes principales que forman el archipiélago del faro sosteniéndose en las honduras más remotas del planeta como cuatro sombras emergiendo del mar se funden casi con el agua y se hacen difíciles de hallar en esa apertura al océano del legendario Estrecho de Magallanes. Su religioso nombre, Evangelistas, solo quedó en la toponimia principal. Los peñones mayores no fueron llamados Mateo, Marcos, Lucas ni Juan, sino Loberías, Elcano, Pan de Azúcar y Evangelistas. El último es el más grande y más alto, con 60 metros de altura. Sobre él se yergue la primera luminaria que orienta a las naves para embocar en el canal austral, viniendo desde Occidente.

Un emigrante dálmata con el mismo nombre y origen de mi padre, Andrés Štambuk, nacido en la isla Brac, y otro con su segundo apellido, Juan Ursic, que habían incursionado en la minería del oro, fueron dos de los maestros canteros y albañiles para quienes el ingeniero escocés George Slight pedía una gratificación en una carta al Comandante Jeneral (sic) de la Marina, en 1896, por su constancia en el trabajo y buena conducta, desde el principio de la erección del faro de los Evanjelistas (sic). Para ambos, la tarea no era extraña. Croacia tiene 48 faros diseminados por el Adriático y 1.185 islas a lo largo de una costa rocosa. Sin duda, en esas latitudes meridionales, a 14.000 km de distancia de su tierra natal, el clima es más duro y las estaciones constan solo en el calendario. Nadie les dijo que en un primer tiempo tendrían que habitar en una cueva de baja altura, donde se filtraba el agua y apenas podían ponerse de pie, a la espera de los días buenos para empezar las obras; ni que tendrían que arrastrarse sobre la rugosa superficie para no volar y ser devorados por las aguas tormentosas durante un ventarrón de 180 o más kilómetros por hora; pero quienes emigran saben que deben estar dispuestos a todo. Es la épica, sumergida tantas veces en la memoria de los pueblos.

El libro

El farero del fin del mundo, de la periodista y escritora puntarenense Patricia Stambuk, es publicado por Catalonia (catalonia.cl).”

George Slight escribe:

Nunca me hubiera imaginado ver algo tan agreste, salvaje, y desolado, como esas rocas obscuras emergiendo en medio de las embravecidas olas. Ver esos peñones borrascosos era realmente sobrecogedor. Con una tenue claridad en el horizonte se podía ver grandes olas rompiendo fuertemente, en la parte oeste de los islotes. Una visión que difícilmente alguien pueda imaginar.

El ingeniero escocés y sus trabajadores -la mayoría chilotes y croatas- resolvieron establecer como base de operaciones un puerto del borde insular del continente en una pequeña isla, a 16 millas hacia el este. El nombre del lugar, en el archipiélago John Narborough, fue reconocido con el tiempo como Cuarenta Días, por la extensa espera de buen tiempo para abordar la roca agreste y escarpada, donde empezarían a erigir la primera torre de luz del Estrecho de Magallanes.

El acucioso diario de Slight refiere el día en que fueron subidos con éxito seis bloques de granito para la construcción de las ventanas y de la escala en espiral que conduciría a la linterna, y precisa que esos bloques habían sido canteados por dos hombres en el puerto Cuarenta Días. Si bien es cierto que otros ‘picapedreros’ y albañiles también destacaban en el equipo, quisiera asegurar, simplemente por amor a mis antepasados, que esos dos maestros fueron Štambuk y Ursic, no solo porque el talentoso escocés los distinguía explícitamente en su carta, sino porque además son dos apellidos vinculados desde el siglo XVII a tallar la piedra (.).

La economía local del siglo XVII seguía basándose en la pesca y la agricultura, hasta que un experto cantero checoslovaco, Antun Standelpergher (n. 1688), emigró desde Bohemia a Venecia y se afincó finalmente en Dalmacia en los primeros años del siglo XVIII. Conocedores de su excelencia en el oficio, lo habían contratado para construir las iglesias y las grandes residencias de la isla Brac (.). Al picapedrero checo le esperaban los ricos filones de una preciosa piedra blanca que se repartiría tiempo después por grandes edificios del mundo, como la Casa Blanca en Washington, el Bundestag de Berlín y el Parlamento en Viena. No es mármol, sino una roca sedimentaria calcárea muy pura y muy blanca. El apellido Standelpergher derivó a Štambuk y de él procedemos todos los que estamos repartidos por la Tierra, sin excepción.

Brac es también una gran roca, aunque revestida al menos de una delgada capa de tierra vegetal, a diferencia de los islotes del archipiélago Evangelistas. Todas las generaciones han tenido que retirar y amontonar en las pendientes de las colinas millones de pedruscos para poder plantar vides, olivos, higueras y hortalizas. No es para sorprenderse que los dálmatas hayan sido los empedradores de las calles de Punta Arenas, con piedras redondeadas que todavía sirven de pavimento (.).

Juan Ursic Ostoic consiguió ser contratado como farero en Posesión, en la entrada oriental del Estrecho de Magallanes, donde su primogénito, Dojmo, falleció por una pulmonía a los 3 años de edad. Una lápida en el pequeño cementerio abandonado del lugar recuerda su breve vida. Luego decidió seguir fielmente a George Slight al islote donde el ingeniero construía el Faro Guafo, al sur de la isla de Chiloé, y a su término se incorporó a las obras del Faro Cabo Raper, a la salida del Golfo de Penas. Fue un proyecto muy difícil, que les tomó 14 años de sus vidas y donde fue acompañado por su mujer, Jerka, y sus tres hijos. Allí dirigió la construcción de la línea del ferrocarril, sin imaginar lo poco que duraría. Al término de las obras quiso establecerse en Punta Arenas y no encontró en la institución el apoyo y la gratitud que esperaba. Se retiró de la Armada ofendido. Creó una empresa de construcción de puentes y carreteras y finalmente se dedicó a la hotelería rural.

El apellido Štambuk siguió vinculado por algún tiempo a la Armada a través del guardián visitador que en 1909 controlaba 9 faros y una planta de 25 personas -probablemente el mismo Andrés del Evangelistas- y de Vicente Štambuk, cuyo nombre figura como inspector de faros. El ingeniero Slight, hombre clave en el progreso de la señalización marítima austral, vivió su propia amargura al dejar la jefatura de Faros y Balizas de la Dirección del Territorio Marítimo después de 20 años de servicio, en los que proyectó 17 faros en el Estrecho de Magallanes y un total de 64 en el país. (.) El pequeño y remoto puerto de abastecimiento con su nombre en la península de Taitao, donde construyó el Faro Cabo Raper, fue la ínfima retribución para su talento, compromiso y desvelos.