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Patricia Štambuk rescata la memoria de un guardafaro

La destacada periodista y vicedirectora de la Academia Chilena de la Lengua publica El farero del fin del mundo , donde recoge los testimonios de José Rodríguez quien, en medio de la soledad y en situaciones geográficas extremas, decide dedicarse a este oficio durante más de tres décadas. La autora pone en valor un trabajo invisible, pero que ha iluminado durante más de un siglo al Estrecho de Magallanes.

La lluvia es implacable. Ahí el faro está asentado sobre una gran roca grisácea, sin tierra, rasguñada durante miles de años por glaciares que entonces fueron de lento retiro.

En la lejanía austral, José Rodríguez asume su primer encargo profesional en el Faro Dungeness, justo en la boca oriental del Estrecho de Magallanes. Nacido en Valparaíso, tenía entonces veinte años y no se explica por qué no optó por una carrera tradicional en la Armada, sino más bien quiso ser farero, un hombre de mar, solitario, alejado de esa fantasía romántica asociada a la navegación y a los amores en cada puerto.

En El farero del fin del mundo (Catalonia), PatriciaStambuk

 (Punta Arenas, 1951) realiza un emotivo viaje en el tiempo por este oficio, a través de los ojos de este porteño y sus distintas destinaciones que parten en la década del sesenta del siglo pasado. Ya en las primeras páginas, Rodríguez reconoce que en las noches de niebla, desde su casa en el Cerro Arrayán, solía sentir el sonido como de un toro. Pero no se trataba del bramido de un animal, sino la señal del Faro Punta Ángeles, en su antigua ubicación en la subida Carvallo, donde después se construyó la Escuela Naval. En aquel tiempo, el servicio de faros dependía del Instituto Hidrográfico de la Armada, que asignaba los destinos. En enero de 1960, cuando le llegó la noticia de su traslado al Faro Dungeness, sus instructores no le escondieron las condiciones adversas de su trabajo: heladas, nieve, soledad, aislamiento y mares bravísimos.

Periodista, escritora, investigadora y fundadora del Centro de Estudios Magallánicos, Stambuk

 cuenta con una elogiada bibliografía, con títulos como Rosa Yagán. Lakutaia Le Kipa (Pehuén), El zarpe final. Memorias de los últimos yaganes (LOM) y Rongo,la historia oculta de Isla de Pascua (Pehuén). Esa labor con la memoria indígena y la oralidad, además de su trabajo en prensa, radio y televisión, sumado a su carrera académica, le valieron ser incorporada, en 2018, como miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua: la primera mujer periodista que ingresa a esta institución. Hoy, además, es vicedirectora de esa entidad y tiene numerosos premios; entre otros, el María Luisa Bombal y el Manuel Montt.

En El farero del fin del mundo, la autora reincide en su valioso rescate de la memoria, a través de este oficio y de un hombre al que le tocó vivir acontecimientos clave de la segunda mitad del siglo XX: impactantes naufragios, el terremoto en Corral, crisis políticas, el conflicto limítrofe con Argentina, en 1978, y la guerra de las Malvinas, entre otros.

Salvar vidas en el mar; servir a la navegación segura, eligiendo esa soledad y aislamiento, es para mí muy meritorio y, además, novelesco. Inspiran poemas, novelas, películas. Son personajes de gran valor.”

ROCA NEGRUZCA

También revive la historia del pionero y legendario Faro Evangelistas que, según Patricia Stambuk, anuncia el ‘turbulento abrazo entre el océano Pacífico y el Estrecho de Magallanes’. Fue un hito su construcción en el siglo XIX y en esta gesta participaron un emigrante dálmata con el mismo nombre y origen de su padre, Andrés Stambuk, nacido en la isla Brac, y Juan Ursic, ambos canteros albañiles quienes fueron reclutados bajo las órdenes del ingeniero escocés George Slight. Este último y sus trabajadores -la mayoría croatas y chilotes- decidieron tener como base de operaciones un puerto del borde insular del continente, en una pequeña isla, a 16 millas hacia el este. El nombre del lugar fue reconocido con el tiempo como Cuarenta Días, por la extensa espera de buen tiempo para abordar la roca agreste y escarpada, donde empezarían a erigir la primera torre de luz del Estrecho de Magallanes. Stambuk y Ursic, según palabras de la periodista nacida en Punta Arenas, corresponden a dos apellidos vinculados desde el siglo XVII a tallar la piedra de la isla Brac, que es ‘también una gran roca, aunque revestida al menos de una delgada capa de tierra vegetal, a diferencia de los islotes del Faro Evangelistas’, escribe la autora, y advierte que José Rodríguez sirvió cuatro veces como jefe de este mítico faro del Estrecho de Magallanes: la primera en 1977 y la última en 1983. Fueron servicios de un año o algo menos y su familia permaneció durante esos transbordos en Punta Arenas. Aunque el suyo era un buen récord, entre los guardafaros, ‘la marca de Vicente Arriagada a principios de siglo era insuperable: prendió la luz del Evangelistas ¡durante 28 años! ¿Qué secreta magia de la naturaleza le hizo ver esa roca negruzca y desolada como el mejor hogar para vivir gran parte de su vida?’, se lee en El farero del fin del mundo.

Entre otros aportes fundamentales de su labor, José Rodríguez explica que los fareros chilenos son una fuente importante de registro del tiempo, encargo que cumplían a diario y con mucha responsabilidad. ‘Cuando un buque venía desde el oriente por el Faro Félix, por el cabo Pilar, nos pedía el tiempo para navegar hacia el Pacífico. Los de calado más o menos grande nos llamaban y nos solicitaban estado de tiempo cada una hora, cada dos horas.’, rememora Rodríguez.

En medio de una travesía por Europa, Patricia Stambuk comenta a Artes y Letras que este libro ‘no tiene nada de ficción. Es realidad de comienzo a fin. Eso es lo maravilloso’, expresa.

SOLEDAD ELEGIDA

-¿Cómo encontró a este farero?

-En pandemia, pensando en la soledad, el encierro y el aislamiento como fenómenos obligados de la vida social, se produjo un encuentro que pareció estar esperando su día. Yo soy una enamorada del Estrecho de Magallanes (acabo de fundar el Centro de Estudios del Estrecho de Magallanes, multidisciplinario, pero en lo esencial científico, tecnológico y cultural, con mirada de futuro). Conocí un faro habitado en la infancia y después uno abandonado y otros no habitados. Viajé con la Armada en mi región, ‘hice faros’ (como dicen los marinos), bajé por red de desembarco y conocí el ritual del sistema que se usaba para renovar esas luces vitales para la navegación. Me atraía el tema. Y ahí estaba José Rodríguez, un farero de 80 años y larga trayectoria, que había leído mis libros, conocía mi trabajo de memorias y pensaba que yo podía escuchar sus relatos y convertirlos en una buena historia real. El proyecto se concretó por Zoom cuando todo Chile estaba encerrado en cuarentena. Su soledad era elegida. Voluntaria. Como la de otros marinos desde el primer faro que se construyó en Magallanes. Fueron sesiones que quizás no se igualan con las presenciales, pero que lograron el mismo dinamismo y proximidad entre entrevistador y entrevistado. Reímos y hasta lloramos en el curso de las sesiones.

-¿Qué aspectos le cautivaron de este oficio?

-Sin duda, no todos deben tener las mismas motivaciones para recluirse por varios meses, y antes por años, en un peñón en medio del océano, en un páramo o en una bahía alejada y azotada por los temporales. Pero creo que los fareros, y ahora fareras, deben estar en paz con ellos mismos, ser felices sin necesidad de grandes o constantes estímulos sociales, amar la naturaleza, conocerse, ser solidarios y pacientes con el prójimo, porque la convivencia es estrecha y sin escapatorias. Son espacios reducidos, y si no hay espíritu de equipo y amistad, podría ser no solo inconfortable, sino crítico.

-Es emocionante la camaradería que se genera en los faros entre chilenos y argentinos, incluso en momentos limítrofes críticos.

-Tiene razón José cuando dice que era impensable sentir un clima de guerra entre fareros chilenos y torreros argentinos. Se reconocían parientes en la sangre. Ya sabemos toda la gran migración que hubo en el siglo XX de chilenos de Chiloé al sur argentino. De mis compañeras de curso de Punta Arenas, cuatro viven en el sur argentino. No se puede odiar a quien se reconoce como amigo, y se comporta como tal, o a un familiar. Los conflictos avanzan por otros cauces y se alimentan con otras causas.

-José Rodríguez señala que ‘nosotros éramos hombres de paz, preparados para salvar vidas humanas en el mar, un poco ajenos a esa otra Marina’, ¿hay una suerte de animadversión hacia estos otros hombres de mar?

-Él lo dice entendiendo que no se sentían mirados como iguales en la Armada, porque la formación de los fareros y sus tareas eran y son muy distintas a las de quienes se preparan para defender al país con las armas. Salvar vidas en el mar; servir a la navegación segura, eligiendo esa soledad y aislamiento, es para mí muy meritorio y, además, novelesco. Inspiran poemas, novelas, películas. Son personajes de gran valor. Por supuesto que en pocas décadas les ha cambiado la vida, tienen más comodidades y seguridades. Los abastecen con helicópteros, los trasladan con rapidez si enferman, pero sigue siendo un oficio muy singular de la Armada chilena.

-Usted señala en las últimas páginas que nuestro país no ha sabido resguardar este patrimonio, ¿por qué otros países sí cuidan sus faros?

-Algún día se incorporarán los faros del Estrecho de Magallanes al turismo cultural internacional, al menos los que se pueden visitar sin riesgos mayores, tal como ocurre en otros países. Entonces reflotarán todas las antiguas y sorprendentes historias, como las que se cuentan en este libro.